RENTABILIDAD EMOCIONAL EN LA EMPRESA

Parece obvio afirmar que vamos a referimos necesariamente al grupo humano dentro de la Empresa. Desde el Empresario al último Trabajador que la hacen posible.

A partir de aquí diremos que todo lo que hacemos, pensamos o decimos, procura de modo patente nuestro bienestar. Queremos sentimos bien y ser felices. Sin embargo, este categórico objetivo de "sentirse bien" (nadie quiere sentirse mal), no encuentra habitualmente la estrategia y la táctica precisas para conseguirlo.

 En el mundo de la empresa, y por supuesto desde su exclusiva y legítima óptica, suele establecerse aquel categórico objetivo en obtener un razonable beneficio económico que, a ser posible, debiera alcanzar el grado de excelencia. Nada que objetar. Así debe ser. Pero serán las personas, empresarios y trabajadores los agentes necesarios para lograrlo y, aunque con frecuencia lo consiguen, "no se sienten mejor". Atrapados en la exigencia del propio trabajo, aparecen la inquieta incertidumbre del futuro apetecido, las ráfagas de estrés, ansiedad y angustia que, muy probablemente restan eficacia a su esfuerzo. Una persona angustiada, "rinde" menos que una persona sin angustia. La presión continua de la competencia, el control eficaz de los diversos factores de producción, el necesario clima de cooperación entre todos los miembros del grupo, exige la imprescindible voluntad de moderar los ataques inmisericordes que nos hacen sentir mal.

Habrá que luchar para que al final la empresa no se convierta en un monstruo que engulle al propio emprendedor, sometiéndole a las legítimas coordenadas de su dictado, como la rentabilidad, ahorro, eficiencia, beneficio fiscal, cuota de mercado, etc... pero que no grafían aquellos que realmente nos hacen sentir mejor, como la ilusión, la motivación, la amistad, la salud, la dedicación a la familia, el respeto por los otros, etc. Es decir, todo aquello que no se puede comprar con dinero.

En paralelo, no se nos oculta la ineludible necesidad de la empresa en generar recursos para permanecer en el mercado, creando puestos de trabajo y riqueza que, a la postre, se constituye en la "sangre" de la propia empresa, garantía incuestionable de su supervivencia. Pero, sólo esto, ¿será suficiente para sentimos mejor? Usted, querido lector, puede contestar la pregunta. Será suficiente unos momentos de reflexión sincera. ¡Cuántas víctimas del estrés se agazapan debajo de un buen balance! ¡Cuanta ansiedad por ellos resultados del próximo ejercicio!

Valdrá la pena plantearse un pensamiento diferente. Incorporar a la Empresa actitudes que prioricen las emociones. Que el trabajo llegue a producir gran cantidad de ilusión para disfrutar haciendo lo que se está haciendo, sintiendo el orgullo de hacerlo bien, en beneficio propio, de la empresa y en definitiva de la sociedad, destinataria última de la actividad humana.

Añade, querido empresario, un ratio más a cuantos analizan la marcha del negocio: el ratio de rentabilidad emocional.