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Usted no tiene nada. Esta es una frase desconcertante a la que se enfrentan miles de personas cada día después de someterse a un calvario de visitas y exploraciones por parte de multitud de especialistas médicos, a los que acuden aquejados de varias molestias somáticas mal definidas pero reales. Existe muchísima gente afectada de lo que se denomina "síndrome ansioso-depresivo" que se produce cuando la ansiedad afecta a una persona de forma intensa y duradera.
Pero, ¿qué es la ansiedad? No es una enfermedad: es una reacción fisiológica que toda persona puede experimentar en un momento dado cuando las circunstancias nos hacen intuir o captar inconscientemente una amenaza (enfermedad, pérdida de bienestar económico, honor, pérdida afectiva, etc.). Por eso, quizás la mejor definición es la de un "temor sin objeto", es decir, sentir miedo sin saber exactamente por qué.
No existen personas ansiosas y no ansiosas. Todos los somos en mayor o menor medida. La ansiedad tiene dos componentes fundamentales: el psíquico y el somático.
Los síntomas psíquicos más destacados son la inquietud, irritabilidad, susceptibilidad, aprensión (creer que se padecen enfermedades graves), escasa autoconfianza, dificultad de concentración y memoria, falta de ilusión por hacer las cosas, pesimismo, sentimientos de inutilidad y culpa y tristeza.
También se presenta todo un correlato de síntomas somáticos que son fundamentalmente la anorexia (pérdida de apetito), aunque a veces puede se la bulimia (exceso de apetito), cansancio permanente, tensión muscular con dificultad de relajación, temblor especialmente en las manos cuando se va a hacer algo con ellas, dolores de cabeza frecuentes, voz insegura, sofocaciones (ruborización facial) con crisis de sudores, manos y pies generalmente fríos y húmedos, escalofríos, ruidos en los oídos (como ruidos de máquinas o silbidos), trastornos visuales (vista borrosa, dificultad de enfocarla, puntitos negros que se pasean o "chispas" de luz), hormigueos por la piel (manos generalmente), taquicardia o "palpitaciones" (el corazón va más rápido y fuerte), dificultad respiratoria ("ahogos"), sensación de opresión o incluso dolor en el corazón o en el pecho, tragar con dificultad (un "nudo" en la garganta), ardores de estómago, dolores, ruidos o hinchazón en el vientre, orinar o defecar muy frecuentemente, así como problemas menstruales y sexuales (vaginismo, impotencia, eyaculación precoz, etc.)
Evidentemente, no toda persona con un nivel alto de ansiedad presenta la totalidad de los síntomas descritos, pero sí algunos o bastantes de los mismos. Al experimentarlos, el individuo tiende a pensar que padece alguna enfermedad. En función de los síntomas mas predominantes pensará en una u otra. Por ejemplo, si predomina la cefalea, se piensa en un terrible tumor cerebral, si predomina la taquicardia y los dolores en el corazón, se piensa en el infarto de miocardio, etc.
Es así como empieza el largo peregrinaje de consulta en consulta (cardiólogo, digestólogo, oftalmólogo, otorrino, neurólogo...) para oir frecuentemente lo de “usted no tiene nada” (en el estómago, en los ojos...) Actualmente, por fortuna, ya son muchos los especialistas que detectan precozmente la posibilidad de un desorden nervioso y remiten al paciente a un especialista en psiquiatría, el cual, generalmente aplicará al paciente un tratamiento psicoterapéutico, muchas veces ayudado, al menos al principio, por medicamentos "ansiolíticos" (que disminuyen la ansiedad).
El tema es importante no sólo por los sufrimientos y preocupaciones que se pueden evitar al paciente con un diagnóstico precoz (ahorrarle la "ruta de los especialistas") sino también por el enorme gasto adicional que se genera en los hospitales al someter a todo tipo de exploraciones complementarias (scanner, electrocardiograma, radiografías, análisis, etc.) a un paciente que sólo precisa un poco de medicación y unas horas de psicoterapia. Las estadísticas revelan que entre un 30% y un 40% de las visitas en los servicios de urgencias de los grandes hospitales son por problemas de este tipo. Todo esto contrasta con el hecho de que, hasta hace relativamente poco tiempo, la Psiquiatría no era contemplada por la Seguridad Social. Por suerte, aunque sea lentamente, cada vez existe mayor conciencia sobre el tema y son más numerosos los pacientes que consiguen mejorar su calidad de vida con un diagnóstico y un tratamiento correcto. |
