DEMENCIA SENIL

A principios del siglo XX, la esperanza de vida (media aritmética de la edad de fallecimiento de las personas) era de unos 36 años, cifra indudablemente influida por la alta mortalidad infantil y por la proliferación de enfermedades infecciosas. Actualmente esa cifra es de unos 75 años (sólo en España hay unos 4 millones de indivíduos con más de 60 años). Este considerable aumento tiene su fundamento en el fuerte desarrollo económico y social que se ha producido en los útimos años: ha mejorado el hábitat y la calidad de vida en general (alimentación, vivienda, higiene, etc.) y la medicina ha sido impulsada con mejores recursos curativos y preventivos. Otros factores que condicionan el envejecimiento, como la genética o el clima, lógicamente han permanecido inalterados.

Así pues, la población actual está expuesta a sufrir las enfermedades propias de cualquier edad más las propias de la senescencia o ancianidad, y entre éstas, la más preocupante por sus consecuencias, es la demencia senil. Hay que tener muy claro que la demencia senil no es la demenciación de los ancianos, no es el estadio final e ineludible del proceso de envejecimiento. Es una enfermedad frecuente pero, ni mucho menos, inevitable de esta etapa de la vida.

Es bien cierto que las personas tenemos la edad que tiene nuestro cerebro. Todos conocemos ancianos de 90 años que están perfectamente lúcidos y, en cambio, hay individuos de poco más de 60 que presentan serios déficits intelectuales. La demencia tampoco es una sola enfermedad. Existen básicamente 3 tipos:

a) las llamadas demencias primarias, de causa desconocida, que suelen ser bastante precoces (60­65 años) y de evolución rápida (en 5 o 10 años acaban con la muerte). En este grupo está la conocida enfermedad de Alzheimer.

b) la demencia por infarto cerebral múltiple, en la que, por alteración de las arterias cerebrales, se van produciendo pequeñas obstrucciones, quedando muchas zonas del cerebro sin riego sanguíneo, zonas que mueren y provocan la demencia.

c) las demencias secundarias a otras enfermedades como puede ser encefalitis, sífilis (enfermedades infecciosas), alcoholismo (intoxicaciones), tumores cerebrales, etc.

Todas estas demencias tienen una serie de síntomas en común. Los síntomas iniciales pueden ser muy insidiosos y poco relacionados con el cuadro final: puede ser una depresión, ansiedad o paranoia (desconfianza excesiva, sensación de que todos están contra él, etc.). Poco a poco se asiste a una desintegración de la personalidad, va perdiendo interés por las cosas que antes le gustaban; le cuesta elaborar pensamientos difíciles (por ejemplo intepretar un refrán) le cuesta aprender cosas nuevas; cada vez tiene menos iniciativa y se vuelve distraído; abandona el aseo

personal; el lenguaje se hace cada vez más difícil y frecuentemente no encuentra la palabra correcta para designar o reconocer objetos; también le es difícil realizar tareas que hasta entonces realizaba con facilidad. La memoria, que es lo más afectado desde el principio, se pierde hasta el punto que se anula la capacidad de fijar o retener nuevos datos ( olvida cosas que han sucedido el día anterior o incluso pocas horas antes y acaba olvidando cosas de su pasado). La orientación, tanto en el tiempo como en el espacio, también resulta alterada: no sabe la hora aproximada, ni el día ni el mes ni el año, incluso ignora la estación del año; fácilmente se pierde en la calle y acaba por perderse en el propio domicilio. Puede llegar a no reconocerse a sí mismo en un espejo o fotografía. La vida del individuo afectado de demencia acaba siendo vegetativa y precisa de todo tipo de cuidados (alimentarle, vestirle, asearle, etc.).

La enfermedad es, sin duda, mucho más dolorosa para los familiares que para el propio enfermo, que apenas sufre porque no se da cuenta de lo que sucede. Por desgracia, excepto las que son secundarias a otra enfermedad, las demencias no tienen actualmente un tratamiento eficaz, pero está demostrado que se puede retardar su evolución simplemente estimulando al paciente al máximo, es decir, hay que hacer trabajar lo más posible a ese cerebro que se está desmoronando y eso significa no marginarlo (que es lo que se hace frecuentemente por ser personas con las que es muy difícil relacionarse), aportarle gran cantidad de información, hacerle leer el periódico o hacerle partícipe de las cosas de la casa y obligarle a desempeñar todas aquellas tareas que aún es capaz de realizar (asearse, colaborar en pequeños trabajos domésticos, practicar sus aficiones, etc.). El ejercicio físico también está recomendado, aunque sólo sean largos paseos y, por supuesto, eliminar cualquier tóxico como el alcohol, el tabaco o el café, proporcionándole una dieta equilibrada rica en vitaminas y en fibra vegetal (el estreñimiento es una forma de autointoxicación).

Con estas medidas no detendremos la enfermedad, pero sí la retrasaremos al máximo y, mientras, no hemos de perder la esperanza de que, como tantas otras enfermedades antes incurables, ésta llegue a vencerse algún día. Mucho esfuerzo y dinero se están dedicando a conseguirlo. Es uno de los retos más importantes con los que se enfrenta la medicina moderna.